Mis fuentes de inspiración
A pesar de las trampas que nos ponen las costumbres y los razonamientos, de los caminos sin principio ni fin, del miedo a lo desconocido y las palabras vacías de los manipuladores, conviene soñar en el lecho de nuestros propios sentidos y parar alguna vez a escuchar a los vicios y las tentaciones. Y con el mejor sentido común de nuestras desenfrenadas pasiones hay que seguir siempre adelante y procurar hacer de cada día el mejor y más grande de todos los viajes.
Miedo
Una vez me asaltaron a mano armada unos bandidos en el norte de Tailandia en pleno día y se llevaron todo lo que tenía, incluida la bicicleta con la que viajaba, la documentación y el dinero. Sentí tanto miedo viendo aquellas armas delante del pecho, pensando que iban a disparar, que las piernas no pudieron sujetarme de pie.
Sufrimiento
Mientras recorría en bicicleta la selva amazónica de Brasil tenía que dormir y pedalear untado completamente del fango pringoso de los pantanos para evitar las picaduras de los insectos y pasar lo más desapercibido posible en un medio al que no pertenezco. Y a pesar de todo sufrí las consecuencias de un brote de malaria agravado por problemas hepáticos al beber agua en mal estado.
Desesperación
En una ocasión perdí el buen rumbo en el desierto del Sahara a causa de una tormenta de arena que se tragó totalmente las balizas del camino y estuve varios días sin agua ni comida.
Pasión
Mientras estoy subiendo cuestas interminables en cualquier montaña del mundo, esas culebras de asfalto, piedras o tierra que torturan a la mente hasta que piensas en bajar de la bicicleta rendido por haber elegido una manera de viajar tan dura, recuerdo un día en el Atlas marroquí cuando escuché por primera vez el grito de las mujeres bereberes durante toda la ascensión a uno de aquellos puertos monstruosos a tres mil metros de altitud. El agudo sonido de sus gargantas estremecía las geografías de las montañas como los cánticos sagrados de los fieles dentro de un templo, empapando su alma del divino poder de los dioses. Antes de comenzar la bajada por el otro lado de la montaña miré aquel valle por última vez y con el brazo en alto grité al aire lo más fuerte que pude para dar las gracias a todas aquellas mujeres del Atlas por llevarme hasta las puertas del cielo.
Pánico
Un atardecer en el desierto australiano monté la tienda sobre una madriguera de escorpiones y los bichejos invadieron la pequeña casa de plástico donde tenía previsto dormir. Fue una de las noches más largas, estremecedoras y angustiosas de aquel viaje.
Riesgo
Uno de los accidentes más graves y espectaculares que he sufrido viajando en bicicleta fue en el norte de la India, cuando fui arrollado por un autobús de pasajeros. Los destrozos del equipaje y la bici los reparé pronto, pero el brazo y la pierna tardaron bastantes días en estar listos para seguir viajando.
Vida salvaje
Uno de los mejores amaneceres que recuerdo durmiendo junto a una bicicleta fue en mi primer viaje cicloturista por los relieves del valle de Cazorla, en Jaén. Era una helada mañana de primavera y al abrir los ojos descubrí a tres metros del saco la cornamenta de un enorme ciervo olfateando la hierba. Hasta que el animal se asustó y desapareció en el bosque creía que estaba dentro de un viaje onírico porque nunca había sentido tan fuerte el poder de la naturaleza.
Conocimiento interior
Otro buen recuerdo fue la noche que pasamos tres amigos en el pórtico de la iglesia del monasterio de Irache, en el Camino de Santiago. Uno de los tres cicloperegrinos descubrió en aquella larga y fría noche que el cuerpo es simplemente un débil cascarón para proteger los deseos. El poder de la mente es el auténtico alimento para llegar al final de todos los caminos.
Diversión
Podría seguir relatando situaciones en las que mi vida ha estado a punto de desaparecer, donde era consciente de estar cerca del límite viviendo una auténtica aventura, cuando empiezas a perder el control de lo que sucede y parece que se apaga la luz para siempre. Esos momentos que generan sensaciones realmente nuevas e impresionantes y todos tienen en común que surgen inesperadamente mientras estoy desarrollando una actividad deportiva con billete de ida.
Libertad
No obstante, es posible que para llegar a vivir momentos en los que la adrenalina se nos salga por las orejas o descubrir la auténtica pureza de un instante no es totalmente necesario ser deportista ni aventurero. Hay que ser libre, que nuestro destino dependa exclusivamente de nuestras propias decisiones. Lo fundamental es tener plena capacidad de arriesgarlo todo. Y mientras viajamos estamos tan atentos al ambiente que nos rodea que la excitación es máxima.
Rebeldía
Una persona que decide convertirse en vegetariano radical. Un ejecutivo que quema todos sus trajes y se marcha a vivir a las montañas de Cachemira a buscar el Nirvana o se instala en un pueblito semiabandonado del Pirineo. Un camarero que se cansa de su jefe y se monta su propio restaurante. Lo importante para vivir una aventura es decir “no” a lo que nos fastidia, arriesgar todo lo que se pueda y comenzar a vivir ese nuevo camino hasta las últimas consecuencias, hasta el límite. Comenzar un viaje es empezar a ver el mundo desde el lado de nuestro destino.
Disfrutar plenamente de la vida
Seguramente el ser humano tiene tendencia al suicidio emocional y para asegurarnos que vivir merece la pena, de vez en cuando tenemos que realizar alguno de nuestros grandes sueños. Los aventureros de espíritu, igual que los cicloviajeros o los montañeros, no son los que arriesgan y se caen, sino los que se asoman, disfrutan el delirio de la locura por sobrevivir y siguen su camino sin preocuparse demasiado del futuro, porque saben que llegarán más situaciones imprevisibles y emocionantes. |